Hay varias maneras de empezar un año con el pie izquierdo, y el gobierno de Estados Unidos acaba de mostrarle al mundo otra. El 3 de enero de 2026, Estados Unidos lanzó ataques militares contra Venezuela, capturó al presidente Nicolás Maduro y declaró que tomaría el control de las vastas reservas de petróleo de Venezuela, abriendo la puerta para que las compañías petroleras estadounidenses entren y reconstruyan la industria. Esta medida llega justo cuando se espera que el mundo esté dando un giro: 2026 será el año para comenzar a abandonar los combustibles fósiles y diseñar un futuro energético más seguro y estable.
Venezuela posee más petróleo que cualquier otro país del mundo. El momento oportuno y el énfasis en tomar el control de las mayores reservas petroleras probadas del planeta dejan claro que el petróleo es central en este conflicto, no solo un asunto secundario. Esta es la brutal continuidad de la política de los combustibles fósiles: el petróleo no solo calienta el planeta, sino que también alimenta el conflicto, la coerción y la guerra. Durante décadas, el control de los recursos fósiles ha distorsionado la política exterior, justificado intervenciones militares y desestabilizado regiones enteras, todo ello disfrazado de “seguridad” o “necesidad económica”.
A medida que se agrava la crisis climática, aferrarse al petróleo solo multiplica los riesgos que nos encierran en un mundo de violencia, volatilidad y acuerdos autoritarios. Un futuro más seguro no es un ideal abstracto; es una decisión política. Toda inversión en energía limpia es una inversión en paz, estabilidad y autodeterminación.
Al comenzar el nuevo año, la pregunta es clara: ¿seguimos repitiendo los viejos y letales patrones de energía basados en el petróleo, o finalmente elegimos un sistema energético que ya no exige guerra para sostenerse?
Esto no se trata solo de Venezuela; se trata de todos nosotros
No se trata solo del pueblo venezolano, aunque su vida, seguridad y derecho a la autodeterminación son de suma importancia. Se trata del mundo entero. Se trata del futuro energético que elijamos y de quién paga el precio cuando los países poderosos se niegan a abandonar los combustibles fósiles, porque la crisis climática no se detiene en las fronteras.
Si quemamos los estimados 303 mil millones de barriles de crudo en las reservas de Venezuela, será todo el planeta quien pagará las consecuencias, incluidos esos mismos ciudadanos estadounidenses a quienes el gobierno estadounidense afirma beneficiar. Este jueves se cumple un año de los incendios forestales que arrasaron Los Ángeles, destruyendo barrios, obligando a familias a huir y convirtiendo comunidades enteras en cenizas. Esos incendios no fueron accidentales: cada nuevo yacimiento petrolífero, cada decisión de expandir las perforaciones, aviva una crisis que ya perjudica a millones de personas que no participaron en su creación.
Los combustibles fósiles mantienen al mundo en crisis
La decisión de Estados Unidos de atacar y tomar el control del petróleo venezolano subraya lo lejos que estamos de romper las cadenas de la dependencia petrolera. El carbón, el petróleo y el gas no solo calientan el planeta; también influyen en la política global de maneras peligrosas. Debido a que las reservas de combustibles fósiles se concentran en unas pocas regiones, convierten a países enteros en puntos de presión permanentes. El control del petróleo se convierte en control del poder, y ese poder se defiende con amenazas, sanciones y, a veces, bombas.
Mientras los combustibles fósiles sigan siendo la columna vertebral de la economía global, los conflictos seguirán a la energía. La inestabilidad no es accidental en este sistema; es inherente. Esto es precisamente lo que el movimiento climático lleva décadas advirtiendo: los combustibles fósiles no son solo un problema climático. Son un problema de paz, un problema de justicia, un problema de democracia.

La eliminación gradual no es opcional, es urgente
Se supone que 2026 será el año en que los gobiernos finalmente comiencen a convertir sus promesas sobre combustibles fósiles en acciones reales, y eso aún es posible. Tras años de advertencias científicas, olas de calor, inundaciones, incendios y sequías récord, la dirección es clara: eliminar gradualmente el carbón, el petróleo y el gas, y avanzar rápidamente hacia las energías limpias y renovables.
Durante la última conferencia climática de la ONU, en noviembre de 2025, más de 80 países apoyaron una hoja de ruta para eliminar gradualmente el uso de combustibles fósiles. Ese compromiso no fue simbólico; fue un reconocimiento de que seguir dependiendo del petróleo y el gas ata al mundo a un futuro de desastres climáticos, caos político y crecientes conflictos.
El texto final de la COP30 no incluyó ninguna referencia a los combustibles fósiles, y los gobiernos de Colombia y los Países Bajos dieron un paso al frente para demostrar un liderazgo muy necesario al anunciar la Primera Conferencia Internacional sobre la Transición Justa hacia el Abandono de los Combustibles Fósiles. Esta histórica reunión tendrá lugar los días 28 y 29 de abril de 2026 en Santa Marta, Colombia, y representa una gran oportunidad para que nuestros líderes asuman compromisos reales y viables para detener el petróleo y el caos (climático, político y humanitario) que siembra, de una vez por todas.
La energía limpia no solo es más limpia, sino también más segura. Los paneles solares no inician guerras. Las turbinas eólicas no requieren protección militar. Las energías renovables de propiedad comunitaria no desestabilizan regiones enteras. Cada retraso en la eliminación progresiva de los combustibles fósiles aumenta la probabilidad de que se produzcan crisis como esta.
La crisis climática exige un cambio global que nos aleje de los combustibles fósiles, no nuevas guerras libradas por ellos. El año 2026 debe ser el momento en que el mundo cambie de rumbo hacia el abandono de los combustibles fósiles y la inversión en un futuro más seguro y limpio. Empecemos con buen pie. Hagámoslo realidad.