De May Boeve

 

La semana pasada, en un panel que organizó Project Syndicate sobre la temática del «capitalismo verde», se planteó la pregunta: «¿Eres optimista con relación a la COP26 de Glasgow?».

Mi respuesta: Siempre soy optimista. El optimismo frente a las enormes adversidades es un aspecto indiscutible de ser una activista por la justicia climática.

Sin embargo, hay mucho más que eso, y me gustaría analizar en detalle cuatro razones por las que ser optimistas respecto a la COP, y tres cosas a las que prestar atención.

  1. Tres anuncios importantes esta semana. En la 76ª Asamblea General de la ONU (un evento clave previo a la COP) China anunció que dejará de construir plantas de carbón en el extranjero, el presidente Biden anunció que Estados Unidos duplicará su contribución económica a la lucha contra el cambio climático y Turquía anunció que ratificará el Acuerdo de París antes de la COP26. ¡Esto es algo ENORME! Es el principio del fin de la financiación del carbón y nos acerca al objetivo que los países ricos se propusieron de apoyar a los países en desarrollo en la creación de resiliencia climática antes de la COP26. Y con la adhesión de Turquía, ya tan solo quedan cinco países en el mundo que no han ratificado el acuerdo de París. Todo esto genera un gran impulso y ayuda a marcas las pautas para unas negociaciones más eficaces en la COP26.
  2. La inequidad es demasiado evidente para ser ignorada. El cambio climático se trata de un problema de justicia: a estas alturas casi todo el mundo lo sabe. Sin embargo, las elites se las ingeniaron para seguir estando bastante cómodas y aisladas de las peores consecuencias de esta problemática. Esto está cambiando rápidamente. Ya sea que se trate de incendios forestales que destruyen mansiones multimillonarias o de la subida del nivel del mar que amenaza a los complejos vacacionales aislados, los efectos climáticos están igualando el campo de juego. Además, la cuestión de quién está vacunado es el tema número uno antes de Glasgow. Muchos negociadores y miembros de la sociedad civil no pueden vacunarse y entonces no podrán asistir a la conferencia, a menos que el gobierno británico cambie rápidamente las reglas de acceso. La evidente falta de equidad que reina aquí debería obligar a reconocer lo siguiente: no puede haber un debate sobre la acción climática sin un entendimiento de las implicancias de la justicia climática.
  3. Nosotros sabemos dónde está el dinero. Todo el mundo habla de lo costoso que será transformar nuestras economías para que dejen de depender del petróleo, del carbón y del gas. Esas mismas industrias se encuentran entre las más rentables del planeta, y para ellas, el dinero necesario para financiar una transición justa es un error de redondeo en la hoja de balance. Tomemos los 100.000 millones de dólares prometidos en concepto de ayuda para la firma del Acuerdo de París, eso representa muy poco dinero para las compañías petroleras; le sumamos algunas bonificaciones, y así es la cosa. La buena noticia es que el movimiento se ha centrado en responsabilizar a las instituciones financieras, y al igual que sucedió anteriormente con las empresas tabacaleras, tendrán que pagar por los daños que ocasionaron.
  4. Se está construyendo el Poder de los Movimientos. Se trate de las movilizaciones por el clima  de este viernes, la resistencia masiva al oleoducto de la Línea 3 o los pueblos indígenas del Amazonas que se adueñaron de las calles de Brasilia, los movimientos siguen generando impulso para un cambio duradero. La pandemia se ha cobrado un precio trágico, pero las personas son cada vez más resilientes, especialmente las que luchan por salvar sus hogares y por un futuro para sus familias. En cuanto a la COP26, en octubre y noviembre habrá protestas centradas en el papel de los bancos que pagan para agravar la crisis climática, entre muchas otras cosas. Estas protestas redoblan las apuestas de lo que se espera cuando los negociadores lleguen a Glasgow.

En medio de estas razones para estar esperanzadxs, debemos prestar atención a lo siguiente:

  1. El lavado verde. Siempre ha sido un problema, pero hay que estar atentos a la esencia (o a la falta de ella) que se esconde tras los nuevos compromisos de Glasgow. El término «cero emisiones netas» lo utilizan a menudo los mayores contaminadores del mundo para indicar su ambición, pero es un término confuso que puede ocultar objetivos débiles. ¿Un compromiso específico permite desenterrar y quemar más combustibles fósiles?, entonces no es una solución de cero emisiones de carbono.
  2. El doomerismo y la desesperanza. La desesperanza climática es la nueva negación del clima: ¿qué pasaría si lxs activistas de los movimientos del pasado se rindieran en la lucha por cosas como la capacidad de sindicalización, el derecho de las mujeres a votar y muchas otras más? La tenacidad, la esperanza, la presión y la acción pueden (y ya lo han hecho anteriormente) conducir a cambios significativos en las políticas y la cultura; la lucha por el clima no es diferente. Nunca hay excusa para rendirse.
  3. La camaradería. La problemática del cambio climático puede tratarse durante nuestra vida, si todxs tomamos las medidas necesarias. Para algunxs de nosotrxs esas medidas deberán ser más importantes, dada nuestra cuota de responsabilidad en el asunto, pero nos enfrentamos a un problema familiar, que es la camaradería entre la elite: muchos de los directores generales de las compañías de combustibles fósiles y de los bancos fueron a las mismas escuelas, veranean en los mismos lugares y tienen las mismas normas sociales que los directores generales comprometidos con la defensa del clima. Este esquema dificulta que se ejerza la presión necesaria: aquella para llevar a cabo los incómodos cambios que todxs debemos hacer.

El camino a Glasgow ciertamente será uno accidentado, ¡así que abróchate el cinturón y mantente atentx!